—No sé jugar. —Lo rechazó, desviando la mirada.
César la tomó de la mano. La giró y se colocó detrás de ella. Luego, se inclinó ligeramente a su lado, murmurándole:
—Yo te enseño.
Ella sostuvo el taco. Cuando su postura era incorrecta, César la corregía, guiándola con ternura. Estaban casi pegados, y la cercanía resultaba un tanto íntima. Celia se distraía con frecuencia y no lograba golpear la bola. César se acercó aún más y murmuró con su voz ronca:
—Concéntrate.
Celia mordió ligeramente su la