—No sé —respondió Celia con indiferencia.
César le tendió la caña de pescar.
—Te enseño.
—No hace falta. —Rechazó ella, tomando la caña y observando cómo Ben preparaba el cebo. Podía copiar su técnica en el acto.
Sin embargo, carecía de paciencia. Después de casi veinte minutos de espera sin que la boya se moviera, estaba a punto de rendirse. Entonces, César miró su reloj y sonrió:
—¿Ya se te acabó la paciencia?
—Pues, no tengo tanto tiempo libre como usted, señor Herrera.
—¿Soy el único ocioso