Sira ignoró la furia en sus ojos y se levantó.
—Puedo callarme, pero debes ayudarme con una cosa.
Alfredo habló, con frialdad:
—¿Quién te crees para mandarme?
—Si te niegas, le diré la verdad a Celia…
Apenas terminó esas palabras, él se levantó de un salto y la agarró por el cuello con violencia.
—¡No te atrevas! —La amenazó.
La cara de ella se enrojeció. Pero en lugar de miedo, sus ojos mostraban una locura aterradora.
—¡Atrévete a estrangularme!
—¿¡Crees que no lo haré!?
—No… —Sira apretó los