Marcos Iturbe estaba cenando con un cliente, cuando divisó a lo lejos a una persona muy conocida. Frunció el ceño y apretó levemente la mandíbula.
“Esa m@ldita víbora", pensó con furia el abogado al ver a Verónica.
La mujer, con su porte altivo y su cabello impecablemente arreglado, se sentó en una mesa más allá de donde estaba él, tan absorta en su propio mundo que no se percató de la presencia de Marcos. La simple visión de Verónica había transformado la cena en un veneno amargo que casi