La mansión Sterling en el Upper East Side no era simplemente una casa; era una fortaleza de piedra caliza. Mientras Nueva York se congelaba bajo la peor ventisca de la década, allí dentro el aire estaba climatizado a veintidós grados y el silencio era tan denso que se podía masticar.
Las puertas dobles de caoba de la biblioteca principal se abrieron con un estruendo. Luciana todavía llevaba el abrigo de lana empapado por la nieve. El agua goteaba sobre las alfombras persas, dejando un rastro. Te