Pero Xenia no estaba dispuesta a escuchar todo eso, mirando a Sofía y Simón de reojo, negaba con la cabeza.
—Realmente son dos completos idiotas, no quiero seguir discutiendo sandeces con ustedes, hagan lo que quieran, pero entonces, Sofía, luego no llores.
Dicho esto, Xenia se preparó para marcharse.
Justo en ese momento, su teléfono sonó. Ella lo miró y respondió inmediatamente.
—¿Hola, Presidente Montes, en qué puedo ayudarte?
La voz de Xenia estaba llena de alegría y entusiasmo.
Todo el mund