El viejo dragón era definitivamente astuto a la hora de hacer tratos.
El —derecho de intercambio— era, algo evidente, para canjear artículos valiosos, pero si realmente había alguna recompensa poderosa, ¿por qué no se la otorgaba directamente a Simón?
Simón estaba sumido por completo en estos pensamientos cuando el reloj de arena se invirtió, vertiendo una sustancia azul que se reveló como Gracia Divina.
Una voz anciana resonó en ese preciso instante: —Esta ofrenda ha generado ochocientos gramos