La fuerza del Reino del Rey superaba por completo la capacidad de la Nereida para resistirse.
La espada de toledo desintegró al instante todos sus tentáculos y se hundió directo en la enorme cabeza de la Nereida.
Con un lamento estremecedor que resonó por toda la superficie del mar, el fuego espiritual que envolvía a la Nereida se extinguió lentamente, dejándola como un amasijo inerte de carne flotando sin vida en la superficie del agua.
Simultáneamente, la turbulencia de energía espiritual de