Desideria temblaba del miedo, se arrodilló y, aterrada, dijo:
—Su Santidad, no sabía que era usted. Si lo hubiera sabido, jamás me habría atrevido a ser tan irrespetuosa. Por favor, perdóneme.
—Jeje, si hubiera venido aquí como el Papa, no habría visto sus verdaderos comportamientos y oscuras e intenciones. — Dijo Simón.
Gabino y Dagoberto se arrodillaron con humildad pero muy asustados, diciendo: —Su Santidad, por favor, perdónanos. Prometemos no volver a hacerlo.
—¿Perdonarlos? ¿De verdad cre