Adalberto soltó una risa siniestra y desenvainó la gran espada cruciforme que llevaba a la cintura.
En un instante, apareció un sol brillante, que hizo que los ojos de todos se sintieran algo incómodos.
Simón entrecerró los ojos al observar la espada cruciforme.
El resplandor dorado sobre la espada era tan intenso que no permitía ver con claridad su forma, pero la vasta energía que emanaba hacía resonar un fuerte zumbido en todo el cielo sobre la llanura.
—Otro artefacto sagrado, el tesoro de