Damiana, aunque brevemente recuperó la lucidez, todavía consideraba a Simón como el hereje, al igual que todos los demás.
Esa claridad no duraba mucho tiempo, y sus miradas se tornaron de nuevo vacías y confusas, lanzándose frenéticamente contra el escudo que los retenía.
Algunos incluso se golpeaban la cabeza contra el, sangraban abundantemente, pero esto no les importaba en lo absoluto.
Simón sabía que no podía continuar así. El estado mental de estas personas no parecía estar simplemente ba