Silvano, enfurecido, tenía el rostro rojo de ira mientras gritaba con gran vehemencia: —¡Eres un necio sin remedio alguno, buscas que yo te acabe!
Mientras hablaba, la energía espiritual en su cuerpo estalló en grandes llamas, y con un movimiento rápido, lanzó una estocada directa hacia Ladislao.
Al caer la espada, un violento vendaval se desató ferozmente en el patio, levantando polvo y nubes en su camino.
Ladislao no se quedó atrás. Con un grito potente, encendió un talismán en su mano.
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