Al amanecer del día siguiente, Simón estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas, regulando asi su respiración en un estado de meditación. Unos golpes en la puerta lo sacaron de su trance. Se levantó y abrió la puerta, encontrándose asi con el viejo policía, cuyo rostro reflejaba una profunda preocupación.
—Señor Simón,— dijo el policía, con un tono de voz temblorosa, —anoche ocurrió otra desaparición. Tres niños del pueblo han desaparecido.
—¿Qué?
Simón quedó impactado.
—¿Tres niños desa