Simón guardó la espada de rayos y, con pasos tranquilos, se dirigió hacia la mesa. Allí tomó la jarra de agua, vertió con delicadeza su contenido en un vaso y preguntó:
—¿Quieres un poco de agua?
Tándor, con los ojos rojos por las lágrimas que apenas podía contener, mantenía con tristeza su mirada fija en la armadura de la luz. Su voz temblorosa reflejaba la agitación en su interior mientras decía:
—Entonces, ¿mi hermano en serio se quedó allí para siempre?
Al escuchar estas duras palabras, Simó