Un par de ojos observaban fijamente a Ricardo.
Edi mantenía la mirada clavada en él, sin apartarla un solo instante. Sus ojos agudos seguían cada uno de los movimientos de Ricardo, que tenía la mandíbula firmemente apretada.
Una de las manos de Ricardo descansaba dentro del bolsillo de sus pantalones, mientras la otra se pasaba por el cabello antes de descender hasta la nuca.
Repitió aquel gesto varias veces.
En la azotea del piso doce, el viento de la mañana soplaba con fuerza y agitaba sus ca