La casa estaba en silencio cuando llegué.
Subí las escaleras despacio, quitándome el saco y aflojando la corbata. Una cena de negocios interminable más, una conversación circular más sobre fusiones y adquisiciones que podría haberse resuelto en un email. Pero el mundo corporativo tenía sus reglas, y yo jugaba el juego mejor que la mayoría.
El reloj marcaba casi medianoche.
Aun así, subí hasta la habitación de Liam. Era rutina. Incluso con empleados, niñeras, cámaras de seguridad, necesitaba ver