Los días siguientes fueron una mezcla extrañamente coordinada de biberones de madrugada, intentos de no caerme por las escaleras de tanto sueño y pequeñas victorias que nadie pone en el currículum.
Aprendí dónde estaban las cosas en la casa sin perderme tanto. Descubrí que la despensa quedaba en el segundo pasillo a la izquierda, no a la derecha. Dejé de meter tantas patas con el señor Novak—todavía tropezaba con las palabras cuando aparecía de repente, pero al menos ya no le tiraba más líquido