El auto se deslizaba silenciosamente por el camino serpenteante que llevaba a la mansión. A través de la ventana, observé los viñedos bañados por la luz plateada de la luna, sombríos y casi melancólicos. El conductor mantenía los ojos fijos en el camino, discretamente ignorando la tensión palpable entre nosotros en el asiento trasero.
Christian estaba sentado con la cabeza recostada, los ojos cerrados, pero no dormía. El agotamiento físico y emocional era evidente en cada línea de su rostro. Cu