—Bienvenida a tu luna de miel, Afrodita —susurró él, y aquella voz ronca, que ya parecía la banda sonora de mi libertad, hizo que un escalofrío recorriera toda mi espina, a pesar del calor húmedo que nos envolvía.
Me miró, realmente me miró, y debe haber visto el agotamiento estampado en mi rostro, el cabello grasoso, la piel pegajosa del viaje.
—Necesitamos un baño. Ahora —dijo él, su voz ronca cargada de una urgencia que no era solo por limpieza.
Sus manos, sin ceremonia, encontraron el tir