—Bienvenida a tu luna de miel, Afrodita —susurró él, y aquella voz ronca, que ya parecía la banda sonora de mi libertad, hizo que un escalofrío recorriera toda mi espina, a pesar del calor húmedo que nos envolvía.
Me miró, realmente me miró, y debe haber visto el agotamiento estampado en mi rostro, el cabello grasoso, la piel pegajosa del viaje.
—Necesitamos un baño. Ahora —dijo él, su voz ronca cargada de una urgencia que no era solo por limpieza.
Sus manos, sin ceremonia, encontraron el tirante de mi vestido. Jaló la tela hacia arriba, y levanté los brazos, complaciente, dejándolo liberarme de aquella última capa de suciedad y del recuerdo del viaje. El vestido cayó al piso de madera. Él ya se estaba quitando la propia camisa, y en segundos estábamos ambos desnudos, frente al otro, en aquella cabaña de lujo que olía a mar y a nuevo.
Me tomó de la mano —su mano grande y áspera envolviendo la mía— y me jaló hacia el baño. La ducha de vidrio era amplia, moderna. Abrió la regadera y