No sé cuánto tiempo me quedé ahí, acostada en la cama del hotel, mirando el techo e intentando procesar todas las posibilidades que flotaban en mi cabeza. Podía ser embarazo. Podía ser ansiedad. Podían ser las hormonas del tratamiento haciendo un desastre en mi sistema. Podía ser todo o nada.
El sonido de la tarjeta de acceso del hotel me sacó de los pensamientos. Zoey entró como un huracán, cargando una bolsa de farmacia y con esa sonrisa conspirativa que conocía muy bien.
—¡Misión cumplida!