No sé cuánto tiempo me quedé ahí, acostada en la cama del hotel, mirando el techo e intentando procesar todas las posibilidades que flotaban en mi cabeza. Podía ser embarazo. Podía ser ansiedad. Podían ser las hormonas del tratamiento haciendo un desastre en mi sistema. Podía ser todo o nada.
El sonido de la tarjeta de acceso del hotel me sacó de los pensamientos. Zoey entró como un huracán, cargando una bolsa de farmacia y con esa sonrisa conspirativa que conocía muy bien.
—¡Misión cumplida! —anunció ella.
—¿Saliste así? ¿En pijama?
—Ah... —ella se miró a sí misma, como dándose cuenta de eso por primera vez—. Por eso me miraron raro —dijo, vaciando el contenido de la bolsa en la cama.
Tres cajas de pruebas de embarazo diferentes aterrizaron sobre el edredón. Las miré y después a Zoey, que tenía una expresión entre divertida y nostálgica.
—¿Tres pruebas, Zoey? ¿En serio?
—Por supuesto —ella respondió, organizando las cajas en una fila perfecta—. No podía hacerlo diferente, ¿no?