Después de todos los eventos dramáticos de las últimas semanas —la detención de Alessandra, el intento de envenenamiento, el susto con Ginger— finalmente llegó el día que habíamos esperado hace meses: la transferencia del embrión. Era extraño cómo la vida lograba mezclar momentos de terror absoluto con esperanzas tan puras y luminosas.
La clínica de fertilidad nunca me pareció tan acogedora como aquella mañana de martes. Nate estaba a mi lado en la sala de espera, sosteniendo mi mano con esa presión reconfortante que siempre me calmaba, mientras yo intentaba controlar los nervios que parecían estar haciendo acrobacias dentro de mi estómago.
—¿Cómo te estás sintiendo? —preguntó por décima vez en media hora, sus ojos verdes llenos de preocupación cariñosa.
—Nerviosa, ansiosa, emocionada, aterrada —respondí honestamente—. Básicamente todos los sentimientos posibles al mismo tiempo.
Cuando la Dra. Whitmore nos llamó a la sala de procedimientos, sentí mi corazón acelerarse aún más. El a