La cafetería que elegí tenía ese encanto típicamente londinense que siempre me conquistaba —paredes de ladrillo a la vista, mesas de madera desgastadas por el tiempo y el aroma reconfortante de café recién molido mezclado con el sonido suave de conversaciones matinales. Había aprovechado el aventón de Nate, que me dejó ahí antes de seguir a la oficina, no sin antes darme un beso suave que todavía hacía que mi corazón se acelerara solo de recordarlo.
Envié un mensaje a Marco bien temprano, justo