El Dr. Portella entró a mi habitación con una sonrisa radiante que inmediatamente me puso nerviosa. Era el tipo de sonrisa amplia y optimista que los médicos ponen cuando tienen buenas noticias que dar, pero que para mí, en ese momento específico, no parecían nada buenas. Había una energía positiva en su postura que contrastaba completamente con el nudo que sentí en el estómago.
—Zoey, tengo una noticia excelente —dijo entusiasmado, acercándose a la cama con mi expediente en las manos y una exp