La mirada de Christian estaba fija en la mía, intensa, confiada. Como si ya supiera la respuesta. Como si ya hubiera calculado cada movimiento de este juego bizarro que, de alguna manera, los dos estábamos jugando.
Pero antes de que pudiera responder, había algo que necesitaba saber.
—¿Por qué te fuiste? —pregunté, mi voz más baja de lo que pretendía.
Frunció el ceño, visiblemente confundido.
—¿Qué?
—Esa mañana. En el hotel. Tú... —tragué saliva, la vulnerabilidad molestándome más de lo que