—¿En dónde te habías metido, encanto?—cuestiono la rubia admirando su rostro— no me llamaste y tampoco me enviaste ningún mensaje. Pensé que la habíamos pasado bien.
Gil frunció levemente el ceño y en el tiempo que duro su silencio trato de recordar quien era esa chica, es decir, recordaba su rostro y su cuerpo desnudo, pero no su nombre.
—Perdóname, he estado ocupado—le dijo un tanto molesto por haberlo tomado desprevenido y también por arrugarle el cuello de la camisa.
Su mirada instintivamen