POV KARINA
Abrí la puerta de mi apartamento en el corazón de Brooklyn y el aroma a café y sándalo me recibió como un abrazo silencioso. No era la opulencia asfixiante de la mansión Thorne; no había mármol frío ni techos de doble altura que hacían que mis suspiros sonaran como lamentos. Este lugar era mío. Cada cojín de lino, cada planta en la esquina y la luz cálida que se filtraba por los ventanales industriales eran el resultado de mi propio sudor. Era acogedor, moderno y, sobre todo, real.