Cuando Evanora llegó a su trabajo, se sintió demasiado abrumada, no podía creer lo que había hecho con su cuñado, el hormigueo en sus labios la alteraba, su corazón no dejaba de latir. Molesta, se dirigió a su oficina, donde quiso comenzar su trabajo, ya había llegado tarde.
—¡El hecho de que seas la esposa de Marcel, no quiere decir que te dejaré las cosas fáciles! —espetó aquel hombre con firmeza.
Sus ojos irradiaban con malicia, una que le causó escalofríos a Evanora, no comprendía por qué