Todo se redujo a los gritos de mi boca y a las caricias de su lengua.
Amelia
Detengo el auto cuando estoy lo suficientemente lejos de su casa. Mis pensamientos pasan a mil, la piel me hormiguea y mi centro palpita como nunca antes lo había hecho. ¿Cómo es que creí que había dejado de ser virgen aquella noche? Ahora no solo voy a casarme con él, sino que… ¡maldita sea! Y lo peor de todo es que lo disfruté, amé cada caricia, cada toque. Adoro sus besos, sus manos en mi cuerpo.
—¿Cómo es que no pu