Stacy se quedó un buen rato con el mensaje y volvió a mirar debajo del forro.
Todo en ella le decía que lo dejara. Esa no era su caja, no era su dolor, no era su derecho.
Pero alguien vigilaba esa casa. Alguien que no era Daniella. Y lo que fuera que hubiera debajo de ese forro podría ser la razón.
Regresó al estudio y abrió el tercer cajón. Luego sacó la caja de nuevo.
El forro era fino, una tela decorativa pegada sin apretar en las esquinas, y se despegó en un instante.
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