El teléfono sonó a las cinco de la mañana, taladrándome los tímpanos y arrancándome de golpe de la pesadilla en la que estaba metida. Entre las amenazas de Claire la noche anterior en ese cuchitril de hotel y el recuerdo ardiente de Nathaniel frenando en seco en el sillón de su oficina, casi no había pegado un ojo. Manoteé la mesa de noche, tiré el vaso de agua al piso y contesté con la voz más ronca que la de un camionero.
—¿Scarlett?
—Dígame que es una llamada para recordarme lo sexy que