Entré a mi sucio hotel con las piernas todavía temblándome por la adrenalina, la llave bailando entre mis dedos y el pulso más acelerado que si hubiera corrido un maratón en tacones. El eco de la voz rota de Nathaniel en el sillón de su oficina, esa mezcla deliciosa entre el hombre ardiente que casi me devora viva y el tipo honorable que supo frenar a tiempo, me quemaba la piel. Lo tenía clarísimo: ya no había vuelta atrás.
Se me acabaron las dudas existenciales. Iba a mandar al diablo a Cl