Llegué al hotel con las piernas temblándole a cada paso y el pulso desbocado. Cerré la puerta tras de mí, dejándome caer de espaldas contra la madera, el mismo gesto que había tenido horas antes en el despacho de Nathaniel.
En la oscuridad del salón, mi reflejo en la ventana me devolvió la cara de una auténtica ganadora... o al menos eso era lo que debería haber sentido. Los labios me ardían. El fantasma de su presión y el sabor amargo de su desolación seguían pegados a mi piel como una marca