El aire dentro de la oficina quemaba como ácido. La discusión había sido un huracán de gritos, reproches y verdades a medio decir que terminaron por dinamitar el último puente que quedaba en pie entre los dos. Los documentos yacían desparramados por el suelo como víctimas de un tiroteo, y el silencio posterior a los gritos era tan pesado que podía sentirse en los oídos.
—¡Es que no lo entiendes, Nathaniel! —grité, con la voz completamente rota y las lágrimas corriendo descontroladas por mis