El beso no tuvo absolutamente nada de tímido. Nathaniel me atrapó la boca con una voracidad salvaje que llevaba semanas cocinándose.
Fue un choque directo, una ola de calor denso que me dejó sin aire al instante. Sus manos, firmes, no perdieron un solo segundo: se deslizaron debajo del dobladillo de mi falda de tubo, subiendo por mis muslos con un descaro que me quemó la piel y me hizo soltar un gemido ahogado contra sus labios.
El mundo corporativo, las auditorías y los problemas simplemente