Damian estaba exhausto y hambriento. Había perdido la cuenta de cuantas veces había gritado de dolor y tenía la boca tan seca que le dolía la garganta. La puerta de la celda se abrió y el crujido de la puerta de hierro fue como una sentencia de muerte para Damian.
Una figura alta y oscura se le acercó con una bandeja. Damian no podía ver el rostro de la persona con claridad, pero le pareció ver una sonrisa en sus labios. La sonrisa le hizo estremecerse.
—¿Quién eres? —preguntó, retrocediendo