Lily rio mientras abrazaba el ramo de rosas. Alexander no sintió ninguna sensación de logro, y notó que su risa no se debía a que él le dio flores. En cambio, se sentía más como si se estuviera burlando de él.
Su rostro se oscureció, la agarró por la cintura y la atrajo hacia sí.
—¿No te gustan?
—Por supuesto que sí. ¡Son hermosas! —Ella se rio y asintió.
—¿Estás segura? —Volvió a cuestionar.
—Sí, ¿por qué? —Ella asintió de forma más convincente esta vez.
—Entonces, ¿de qué te ríes?