Sara
La polla de papá seguía dura como una piedra, gruesa y brillando, de pie recta entre sus piernas como si estuviera lista para la segunda ronda.
—Ven aquí, princesa —dijo, voz baja y áspera, los ojos clavados en mí—. No te quedes ahí parada con la mano entre tus piernas como una putita desesperada. Ven aquí y enséñame lo mojada que estás.
Mis piernas se movieron solas, los pies descalzos subiendo los últimos escalones, el suelo de madera fría mordiendo mis plantas.
Tina no se movió. Solo se