Mariela:
Me despertó un enorme estruendo. Pasos subían y bajaban las escaleras a gran velocidad. Se escuchaban gritos por toda la mansión, sobre todo los de la Señora Cuéllar, quien evidentemente sonaba histérica.
—Ya tranquilícese, Señora. – escuché a una de las sirvientas susurrar.
—¡Le han disparado a mi marido! ¿Cómo quieres que me tranquilice?
Eso me hizo reaccionar. Me cambié rápidamente de ropas, optando por unos jeans y un jersey y salí al pasillo. La habitación de Augusto quedaba a