- No... Tomé tus datos del formulario que llenaste en la empresa, Bárbara. – dijo Héctor empujándome hacia el auto.
- ¿Y así también enviaste a un delincuente a escribir en mi edificio?
- Nada que declarar, señorita Bongiove. – se burló.
- Anon 1, detén el auto. - Yo hablé.
- No puedo, señora. Sólo obedezco al señor Casanova.
Me recosté en el asiento, cerrando los ojos. Estaba cansado. Anon me entregó un paquete de comida. Todavía estaba caliente. Lo olí incluso antes de abrirlo.
- No lo creo,