Retumbada en el sofá, Nadin sentía que su mente, su alma y su cuerpo estaban en otro horizonte. Estaba perdida. La traición de Esmeralda la había dejado destrozada; se sentía utilizada como una m*****a basura. La respiración se le cortaba, y el sofoco la invadía. Jerder, al notar su estado, se acercó y la agarró con firmeza.
—¡Respira profundo, no te ahogues en esto! Hay que buscar una solución —dijo él, tratando de calmarla.
Pero Nadin no podía pensar en nada más que en la imagen de destruir a