Sam asiente, sostiene el volante como solo él sabe hacerlo y salimos echando chispas de aquel sitio horripilante, dejando atrás el olor a humedad, muerte y secretos mal enterrados.
El motor ruge con furia, como si también quisiera huir.
—Tranquilo, amigo. En casa me contarás todo —murmuro, inclinándome hacia atrás para mirar a Nueces directo a los ojos .
El perro ladea la cabeza, atento, con ese brillo extraño en la mirada que no logro descifrar.
Sam arquea una ceja y me observa en silencio dur