Mundo ficciónIniciar sesión
Hace más de un año que su cara aparece en todas partes. En la televisión, en la radio, en las portadas de revistas. Michael Grimaldi se ha convertido en el empresario del momento, en el hombre perfecto ante los ojos del mundo, en el soltero más codiciado del país. Es ese tipo de hombre con el que muchas sueñan: algunas fantasean con amanecer en su cama, otras con llevar su apellido y unas cuantas con convertirse en su esposa.
Yo no.
Yo sé exactamente quién es… y no tiene nada de perfecto.
Me coloco los auriculares mientras camino la última calle que me separa de mi departamento, intentando silenciar el ruido de la ciudad. La voz de Calum Scott llena mis oídos, pero ni siquiera la música consigue hacer lo que necesito: olvidarlo. Olvidar cómo caí, cómo me dejé envolver, cómo creí en cada una de sus palabras. Respiro hondo mientras avanzo, con una sensación que ya se ha vuelto demasiado familiar.
Fui una estúpida.
Me utilizó a su antojo y la única que pagó las consecuencias fui yo.
Empujo la puerta del edificio y me quito los auriculares.
—Hola, Juan.
—Señorita Jimena, buenas tardes.
Le respondo con una leve sonrisa mientras presiono el botón del elevador. Cuando las puertas se cierran, mi reflejo en el espejo me devuelve una imagen que apenas reconozco. Yo era una mujer feliz, llena de sueños, con ganas de amar y ser amada. Ahora solo queda alguien que aprendió demasiado tarde y que dejó de creer en casi todo.
Casi.
Porque si hay algo que me mantiene en pie… es él.
Bruno.
Las puertas se abren en el quinto piso y camino hasta mi departamento. Apenas introduzco la llave, escucho la voz de mi hermano desde dentro.
—¡¿Quién viene ahí?!
No puedo evitar sonreír.
Al entrar, lo veo sosteniendo a mi hijo en brazos, y todo lo demás deja de importar. Me acerco de inmediato y lo tomo conmigo, llenando su rostro de besos sin control.
—¡Hola, mi príncipe! ¿Cómo está el tesoro de mamá?
Bruno ríe, y ese sonido es suficiente para calmar cualquier cosa dentro de mí. Sus cachetes, su sonrisa, sus ojos color miel… tan hermosos como inevitables. Por un instante, me recuerdan demasiado a su padre, pero corto ese pensamiento antes de que pueda avanzar.
—¿Y a tu hermano no le saludas? — protesta Mario.
Suelto una pequeña risa y lo saludo con dos besos.
—Hola, hermanito del alma. ¿Cómo estás?
—Muy bien. ¿Y tú? ¿Qué tal el trabajo?
Dejo mis cosas sobre el sofá y empiezo a recoger los juguetes que están tirados por toda la sala.
—Bien. Hoy tuvimos una reunión importante y cerramos un contrato grande para una campaña publicitaria. Como siempre, yo soy la consultora principal.
—Nada mal…— comenta.
Levanto una ceja y señalo el desastre.
—Lo que sí está mal es esto. ¿Podrías ordenar, por favor?
—¿Además de niñero quieres que sea el muchacho de servicio?
Lo miro en silencio hasta que termina riendo.
—El desorden no lo hizo tu sobrino de un año, lo hizo su tío de treinta y tres— respondo sin paciencia.
—Está bien, ya lo arreglo…— dice levantando las manos antes de hacer una pausa—. Oye, ¿puedo quedarme esta noche?
—¿Y Sara?
—Discutimos. Me prohibió la entrada a la casa.
—Algo habrás hecho.
—Yo no soy como el cabrón del padre de Bruno— dice sin pensar.
El ambiente cambia al instante.
Mi cuerpo se tensa y lo miro con frialdad.
—Mi hijo no tiene padre. ¿Entendido?
El silencio se instala entre nosotros.
—Algún día tendrás que decirme quién es— insiste.
—No— respondo con firmeza—. Y ya sabes que siempre será no.
Me doy la vuelta antes de que pueda seguir insistiendo.
—Ahora ve a preparar el cuarto. Yo termino aquí y luego preparo la cena.
Mario suspira, pero no dice nada más. Y es mejor así, porque hay cosas que no voy a decir. No lo hago por protegerlo a él; Michael Grimaldi no merece ningún tipo de piedad de mi parte. Lo hago por Bruno.
No quiero que mi hijo crezca bajo la sombra de un apellido que podría destruirlo. No quiero que viva siendo observado, señalado, perseguido. Mucho menos quiero que sepa que su padre nunca quiso saber nada de él.
Bruno merece una vida tranquila. Una vida normal. Y yo voy a dársela… aunque para eso tenga que enterrar el pasado para siempre.







