Mundo ficciónIniciar sesión[MICHAEL]
29 de noviembre
Despierto con el peso de un cuerpo ajeno a mi lado y la certeza de que, una vez más, no recuerdo cómo terminé aquí.
La mujer duerme desnuda entre las sábanas, con una tranquilidad que me resulta ajena. La observo apenas unos segundos, los suficientes para confirmar lo de siempre: da igual quién sea. Da igual cómo haya sido la noche. Nada cambia.
Nunca cambia.
Me levanto sin hacer ruido y camino hasta el baño. El sonido del agua al abrir el grifo rompe el silencio, pero no lo suficiente como para ahogar lo que viene después.
Mi reflejo.
Me quedo mirándome más de lo necesario.
Hay algo profundamente equivocado en ese rostro.
Los ojos hinchados, el gesto endurecido, la expresión vacía… y, detrás de todo eso, una sombra que lleva años instalada ahí, sin intención de marcharse. No es cansancio. No es resaca.
Es algo peor.
Es lo que quedó de mí después de aquel día.
Aquel maldito día en el que Luz me miró a los ojos frente a un altar y dijo que no. Aquel instante en el que todo lo que creía tener se vino abajo sin previo aviso. Todavía puedo verla huyendo, todavía puedo sentir la urgencia con la que salí tras ella… y todavía puedo recordar lo que encontré al alcanzarla.
Sus labios sobre los de mi mejor amigo.
Desde entonces, algo dentro de mí dejó de funcionar.
No volví a confiar.
No volví a sentir.
No volví a ser.
Aprendí a convertirme en lo que el mundo esperaba ver: un hombre exitoso, impecable, inquebrantable. Un empresario admirado, un candidato prometedor… una imagen perfectamente construida para que nadie se detuviera a mirar lo que había debajo.
Porque debajo… no hay nada.
—Mmm… guapo.
Su voz me arranca del recuerdo con una facilidad irritante. La veo entrar al baño sin ropa, sin vergüenza, sin preguntas. Se acerca como si me conociera, como si hubiera algo entre nosotros que valiera la pena conservar.
No lo hay.
Aun así, sonrío.
Siempre sonrío.
—Me has dejado sola— murmura, pegándose a mi cuerpo.
—No quería despertarte— respondo con una naturalidad que ya ni siquiera cuestiono—. Pero si estás despierta…
No termino la frase. No hace falta.
La levanto y la llevo de vuelta a la cama. Ella responde como todas: con deseo inmediato, con entusiasmo, con una entrega que no me dice nada. Sus manos recorren mi cuerpo como si buscaran algo, pero no hay nada que encontrar. Hace tiempo que dejé de reaccionar a estas cosas como debería.
Todo es mecánico.
Predecible.
Vacío.
He perdido la cuenta de cuántas han pasado por aquí, de cuántas veces repetí el mismo patrón, de cuántas caras olvidé al día siguiente. Al principio pensé que era una forma de distraerme, luego entendí que era algo peor.
Una forma de castigar.
A ellas.
A mí.
A todo lo que quedaba.
Horas después, cuando todo termina, la acompaño a la puerta y la dejo ir sin promesas. Nunca las hay. Nunca las hubo.
Este lugar no es mi casa. Es un escondite. Uno más de los tantos que he tenido en los últimos años para asegurarme de que nadie pueda encontrarme cuando todo termine. Nadie se queda. Nadie vuelve.
Es más fácil así.
Si alguien fue capaz de destruirme de la manera en que lo hicieron conmigo, no veo por qué debería fingir que esto está mal.
Me visto con rapidez, tomo mis cosas y salgo. El hombre que aparece ante los demás es otro. Siempre lo ha sido. Nadie sabe lo que pasó realmente con Luz. Nadie sabe que estuve a punto de casarme. Nadie sabe que ese día lo perdí todo.
Y así debe quedarse.
El elevador desciende en silencio mientras reviso mentalmente mi agenda. Reuniones, entrevistas, estrategia política. Todo perfectamente organizado. Todo bajo control.
O eso creo.
Las puertas se abren en el lobby y salgo sin detenerme.
—Buenos días, señor Grimaldi.
Respondo con un gesto automático y avanzo hacia la salida. No veo al niño hasta que ya es demasiado tarde y mi cuerpo casi choca con el suyo.
Me detengo en seco.
—Lo siento— digo, agachándome frente a él.
Es pequeño. Apenas se sostiene de pie. Tiene unos ojos color miel que capturan mi atención de inmediato, con una intensidad que no sé explicar. Hay algo en él… algo que me resulta incómodamente familiar.
No debería importarme.
Y sin embargo, no aparto la mirada.
—¡Bruno!
La voz corta el momento.
Levanto la vista y todo se detiene.
No.
No puede ser.
Jimena.
La veo acercarse con prisa, recoger al niño en brazos, hablar… pero no escucho nada. Lo único que veo son sus ojos cuando se clavan en los míos.
Ya no son los mismos.
Antes había algo distinto en ellos.
Ahora solo hay odio.
—Jimena…— digo, sin reconocer del todo mi propia voz.
Está igual de hermosa.
Eso es lo primero que pienso. Y lo segundo es mucho peor.
La recuerdo.
Recuerdo demasiado bien lo que pasó entre nosotros. Recuerdo cómo insistí, cómo jugué, cómo conseguí que cayera. Recuerdo su mirada aquella mañana, sus palabras, la forma en que todo cambió en cuestión de segundos… y cómo decidí desaparecer antes de enfrentar las consecuencias.
La observo ahora… y luego al niño.
Mi pecho se tensa sin previo aviso.
No.
No voy a pensar eso.
—¿Es tu hijo?— pregunto, intentando sonar indiferente mientras acerco la mano.
Ella retrocede de inmediato.
El rechazo es instantáneo.
—Sí. Y ni se te ocurra acercarte— responde con una frialdad que no deja espacio a dudas—. No quiero que lo toques con tus asquerosas manos.
Las palabras me golpean más de lo que deberían.
Antes de que pueda reaccionar, se gira y entra al edificio sin mirar atrás.
Me quedo donde estoy, observando cómo desaparece, cómo las puertas de cristal se cierran, cómo el elevador la traga sin darme la oportunidad de decir nada más.
Y entonces aparece.
Ese pensamiento.
Incómodo.
Persistente.
Imposible de ignorar.
¿Y si…?
Aprieto la mandíbula y niego con la cabeza.
No.
Es una coincidencia.
Tiene que serlo.
Me obligo a seguir caminando, pero esta vez el paso es distinto. Más lento. Más pesado.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
algo no está bajo control.







