VERDADES QUE DUELEN

[JIMENA]

Apenas consigo entrar al departamento y dejar a Bruno en su corral antes de que mis piernas cedan por completo. Me dejo caer en el suelo sin fuerzas, con el pecho apretado y la respiración temblorosa, mientras las lágrimas comienzan a caer sin que pueda detenerlas. No puedo creer que lo haya vuelto a ver. Después de todo este tiempo, después de todo lo que pasó, estaba ahí, frente a mí… y no solo eso, estuvo a centímetros de su hijo, de un niño cuya existencia desconoce únicamente porque nunca me dio la oportunidad de hablar.

El recuerdo llega con una claridad dolorosa, arrastrándome sin piedad hacia aquella noche en la que toqué su puerta con el corazón en la mano y el miedo consumiéndome por dentro.

—Michael, necesito hablar contigo— le dije, sin saber siquiera por dónde empezar.

Su mirada fue fría, cargada de fastidio, como si yo fuera un problema más que quería quitarse de encima.

—Ya te he dicho que no tenemos nada que hablar. Lo que tenía que pasar entre nosotros ya pasó. Y si te hiciste ilusiones, es tu problema.

Sentí cómo todo dentro de mí se desmoronaba.

—Escúchame…— insistí, aferrándome a la poca dignidad que me quedaba.

—Vete— respondió—. Y no vuelvas.

La puerta cerrándose en mi cara fue el final de todo.

Aquella noche entendí que estaba completamente sola. Pasé el embarazo sin su apoyo, perdí mi trabajo cuando más lo necesitaba, tuve que mentirle a mi familia para proteger lo poco que me quedaba de estabilidad y aprendí, a la fuerza, a sostenerme por mí misma. Todo lo que vino después fue consecuencia directa de haberme cruzado en su camino.

Por eso ahora, al verlo de nuevo, al sentir su presencia tan cerca de Bruno, algo dentro de mí se rompe otra vez, pero también se endurece.

No puedo permitir que vuelva a entrar en nuestras vidas.

No después de lo que hizo. No después de todo lo que perdí por su culpa. 

Miro a mi hijo, completamente ajeno a todo, concentrado en su pequeño mundo, y entiendo que mi única prioridad es él.

Y así va a seguir siendo.

[MICHAEL]

Cuatro días después — 3 de diciembre

Intento concentrarme en los documentos de la campaña que tengo frente a mí, pero es inútil. Las cifras, los gráficos, las estrategias… todo está en orden, perfectamente estructurado, exactamente como debería estar. Y aun así, mi mente no está ahí. Lleva cuatro días atrapada en el mismo punto, repitiendo una y otra vez la misma imagen: el niño, sus ojos… y Jimena.

—Michael, ¿me escuchas?

Levanto la vista hacia Sara con un gesto contenido.

—Sí, dime.

—En media hora tienes la reunión con la nueva diseñadora de la campaña.

Frunzo el ceño.

—¿Nueva? ¿Qué pasó con KW Creative?

—Cancelaron el contrato. Nos recomendaron otra agencia, Concepts. Revisé su portafolio y encaja perfectamente con lo que necesitas, así que cerré el acuerdo.

No me gusta que las cosas se muevan sin que yo lo controle, pero en este momento no tengo la energía para discutirlo.

—Está bien. Mientras cumplan con el nivel que busco.

—Lo harán— responde—. Aunque hay algo particular. La diseñadora solo recibe a sus clientes en su estudio privado.

—¿Dónde?

Sara gira la tablet hacia mí.

La dirección.

Y entonces lo entiendo.

Ese edificio.

El mismo en el que estuve hace cuatro días. El mismo en el que, desde hace dos meses, tengo un departamento que nadie conoce.

La coincidencia deja de parecer casual.

—¿Reprogramamos?— pregunta al notar mi silencio.

—No— respondo sin dudar—. Vamos.

El trayecto transcurre en silencio, pero mi cabeza no lo está. Ese edificio no es un lugar cualquiera para mí. Es uno de los tantos espacios que utilizo para mantener mi vida separada. Allí no soy el empresario, ni el candidato, ni el hombre que todos creen conocer. Allí soy alguien que no quiere ser encontrado.

Entramos por el estacionamiento, evitando el acceso principal. Conozco perfectamente el recorrido. He sido meticuloso con ese lugar desde el principio.

Demasiado.

Cuando llegamos al elevador, Sara detiene las puertas.

—Michael, tengo que irme. Surgió un problema con mi hermana. ¿Puedes manejar la reunión solo?

—Sí— respondo sin más—. Ve.

Pulso el botón del quinto piso.

Mi departamento está en el décimo.

Cinco pisos de diferencia.

Cinco.

Cuando las puertas se abren, camino por el pasillo con una sensación extraña, como si algo estuviera a punto de encajar de una forma que no quiero aceptar. Me detengo frente al departamento “E” y golpeo.

Cuando la puerta se abre…

Es ella.

Jimena.

—¿Qué haces aquí?— pregunta, sin molestarse en disimular el enfado.

La observo con detenimiento.

—Supongo que soy el cliente para el que vas a trabajar— respondo con calma—. La pregunta es… ¿qué haces tú aquí?

—Después de que me echaran por tu culpa, tuve que buscar otro trabajo— replica—. Lo que no sabía era que terminaría trabajando contigo.

—El mundo es pequeño.

—No lo suficiente como para evitarte.

Entro sin pedir permiso.

—Te aviso que aquí no eres nadie— añade al cerrar la puerta.

—Eso lo veremos.

Recorro el lugar con la mirada. Su departamento tiene vida, detalles, algo real. El mío es solo un espacio funcional, diseñado para no dejar rastro.

—¿Vives aquí?— pregunto.

—Toma asiento— responde con sarcasmo.

Entonces lo veo.

El portarretrato.

El niño.

El mismo del otro día.

Me acerco y lo tomo, observándolo con detenimiento. Hay algo en él que no puedo ignorar, algo que me incomoda sin saber exactamente por qué.

Hasta que ella me lo arrebata.

—Te dije que no tocaras nada relacionado con mi hijo.

Levanto las manos.

—Tranquila. Solo estaba mirando.

—Pues deja de hacerlo.

La observo.

—¿Cuántos años tiene?

Duda.

Y eso es suficiente.

—No has venido aquí a hablar de mi hijo.

—No— admito—. Pero ahora sí.

—No es asunto tuyo.

—Podría serlo.

El ambiente se vuelve más denso.

—¿Cuánto tiempo tiene?— insisto.

—Un año y tres meses.

Las cuentas encajan.

Y eso me golpea más de lo que esperaba.

—¿Es mío?

La pregunta no suena como debería. No tiene firmeza, ni autoridad. Sale más baja, más tensa, como si incluso decirla en voz alta la hiciera más real de lo que estoy dispuesto a aceptar.

Jimena no responde de inmediato.

Y ese silencio… es peor que cualquier respuesta.

—Es mi hijo— dice finalmente, sosteniéndome la mirada—. Solo mío.

Doy un paso hacia ella, lento, midiendo cada movimiento.

—Eso no es una respuesta— murmuro.

—Es la única que vas a tener.

—No— niego, con la mandíbula apretada—. No después de lo que acabo de escuchar.

—Llegas tarde, Michael— replica, sin moverse—. Como siempre.

La observo con una intensidad que no intento disimular.

—Fuiste a buscarme aquella noche— digo—. ¿Era para decirme que estabas embarazada de mí?

Sus labios se tensan.

—Eso ya no importa.

—A mí sí me importa.

—Pues aprende a vivir con eso— responde, y hay algo en su voz que no había escuchado antes—. Porque yo ya lo hice.

El golpe es directo.

—Respóndeme— insisto, esta vez sin suavizar el tono—. Necesito saberlo.

—No necesitas nada— corta—. Y mucho menos de mí.

El silencio se vuelve insoportable.

—Quiero verlo— digo finalmente.

Jimena suelta una risa seca, incrédula.

—Ni lo sueñes.

—Si es mi hijo, tengo derecho.

—Tú no tienes derecho a nada— responde, dando un paso hacia mí—. No después de lo que hiciste.

—Eso no lo decides tú sola.

—Claro que sí— replica—. Porque tú decidiste desaparecer cuando más te necesitaba.

Sus palabras me golpean, pero no retrocedo.

—No puedes apartarme de él— digo con firmeza—. No si es mío.

—Puedo y lo voy a hacer— responde sin dudar—. Porque no voy a permitir que le arruines la vida como hiciste conmigo.

La tensión entre nosotros se vuelve casi tangible.

—No sabes de lo que hablas.

—Lo sé perfectamente— escupe—. Sé exactamente quién eres.

Doy un paso más hacia ella.

—Entonces sabes que no voy a quedarme al margen.

—Pues mírame hacerlo— responde, cruzándose en mi camino—. No vas a pasar.

Nos quedamos así, frente a frente, a apenas unos centímetros.

—Apártate, Jimena.

—No.

Su voz no tiembla.

Y eso… me descoloca más de lo que debería.

—No me obligues— advierto.

—¿A qué? ¿A hacer lo que siempre haces?— replica—. ¿A imponerte, a usar tu poder, a destruir lo que no puedes controlar?

Aprieto los dientes.

—Quiero verlo.

—No— responde, firme—. No lo vas a tocar.

La miro.

Un segundo.

Dos.

Y dejo de pedir permiso.

La rodeo.

—Michael— advierte, girándose de inmediato—. No te atrevas.

No me detengo.

—¡Te he dicho que no!

Pero ya es tarde.

Abro la puerta.

Y lo veo.

El mundo se detiene.

Está dormido, tranquilo, completamente ajeno a todo lo que está ocurriendo a su alrededor. Su respiración es suave, constante. Sus manos pequeñas descansan a los lados de su cuerpo, y durante un segundo todo el ruido desaparece.

Mi hijo.

El impacto es brutal.

No es inmediato como un golpe.

Es peor.

Es lento.

Se instala.

Se expande.

Siento cómo algo dentro de mí se rompe… pero no de la forma a la que estoy acostumbrado. No es rabia. No es dolor por lo que perdí. Es otra cosa. Algo más profundo, más inquietante.

Más real.

La respiración se me corta.

El pecho se me cierra.

Y por primera vez en años… no tengo control.

Doy un paso atrás.

Luego otro.

—Michael…

No la miro.

No puedo.

Porque si lo hago… si me quedo un segundo más… voy a tener que aceptar algo que no estoy listo para enfrentar.

Y eso no puedo permitirlo.

Me doy la vuelta y salgo del departamento sin decir nada.

Sin despedirme. Sin mirar atrás.

Solo huyo. Porque aceptar lo que acabo de ver… significaría cambiarlo todo. Y no sé si soy capaz de hacerlo.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App