El sol ya se estaba poniendo cuando decidieron volver. Evan recogió todo con calma: dobló la manta, guardó los restos del picnic en la canasta, y le tendió la camisa blanca de lino a Abby para que se la pusiera. Caminaron de regreso de la mano, en silencio la mayor parte del trayecto, pero un silencio cómodo, lleno de roces sutiles: sus dedos entrelazados, su pulgar acariciándole el dorso de la mano, un beso ocasional en la sien cuando pasaban por un tramo más sombrío del sendero. Llegaron a la