24. Pequeño error

Giancarlo

Ella gimió y dejó caer su cabeza como una señal de rendición.

-Muévete -ordenó ella empujando sus caderas contra él -quiero que lo hagas.

Sonrió por la suave admisión antes de hundirse en ella de una sola estocada. Ambos gimieron con fuerza y unos segundos más tarde su cuerpo lo obligó a moverse. Las embestidas eran fuertes, intensas, salvajes en más de un sentido. Los sonidos de sus cuerpos intentaban ser opacados, pero estaba seguro de que era casi imposible hacerlo. Continuó movién
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