Un par de horas después, la bruma del dolor comenzó a disiparse lentamente. Un murmullo de voces a su alrededor la fue trayendo de regreso a la conciencia. Sus párpados se sentían pesados, como si una fuerza invisible los mantuviera cerrados, pero con esfuerzo logró abrirlos.
La luz tenue de la habitación le hizo parpadear varias veces hasta que su vista se aclaró. Reconoció el techo alto y las paredes pálidas del hospital, el inconfundible olor a desinfectante llenando sus pulmones.
— ¡Maddie!