Desde su cuarto en aquel refugio, Eva miraba a las manadas reagruparse y darse apoyo, incluso Ciro tenía conocidos y a veces cenaba con ellos, quedando por completo a solas. En ese momento, sostenía el tazón de guisado de pavo y verduras entre sus manos, todavía humeaba. Comía de a pequeñas cucharadas, para no quemarse y de paso, digerir bien. Se sentía rara, como si su corazón se ablandara. No comprendía porque estaba celosa si nunca había amado a ese lobo.
—Soy una desgraciada egoísta. —se d