Era una tarde soleada cuando Amara llegó a la mansión de Dimitrios. Habían sido invitados a una pequeña reunión familiar, una de esas tardes en las que las conversaciones giran entre vino, risas y una que otra anécdota de la infancia de Dimitrios. Aunque se sentía cómoda en Grecia, la idea de estar rodeada de más personas que no conocía tan bien siempre le provocaba algo de nerviosismo.
El padre de Dimitrios, el imponente hombre que había aprendido a admirar con el tiempo, estaba sentado en una