Cuando entraron a la heladería, el aire estaba impregnado de dulzura. Los pocos clientes que había parecían absortos en sus propias conversaciones o en el brillo de sus pantallas. El lugar era acogedor, con luces cálidas y un mostrador lleno de vitrinas que mostraban una infinidad de sabores y colores. Gael, con sus ojos brillando de emoción, se acercó al mostrador, quedándose maravillado ante las opciones.
-¡Papi, mira todos los sabores que hay! -exclamó el niño, apoyando las manos en el vidri